Recientes investigaciones médicas concluyen
que una buena parte de las enfermedades contemporáneas
tienen su principal origen en el régimen
alimenticio. Básicamente por la supresión
de las fibras vegetales en particular de los cereales.
Por esto, los productos preparados con harinas
integrales, y que no poseen aditivos ni conservantes,
son ideales e irremplazables para el organismo.
Constituyen un elemento básico para la conservación
y restitución de la salud.
Cerca
de la mitad de la energía que necesitamos
debe proceder de alimentos ricos en hidratos
de carbono.
Debido a la creencia de que los hidratos de
carbono (presentes en alimentos como pan, pasta,
patata,
arroz o legumbres), engordan y carecen de importancia
nutritiva, su consumo es insuficiente y dista
mucho de las cantidades mínimas recomendadas por
diversos organismos de Salud.
Sin
embargo, estos alimentos son fundamentales
en toda dieta equilibrada
y deben consumirse prácticamente en todas
las comidas del día. Aproximadamente la
mitad de la energía que necesitamos debe
proceder de alimentos ricos en hidratos de carbono.
Elaborado exclusivamente de harina, agua y sal
(este último ingrediente es prescindible),
el pan no contiene ningún nutriente cuyo
consumo excesivo se asocie con un mayor riesgo
en el desarrollo de las llamadas patologías
occidentales (obesidad, diabetes, enfermedades
de vasos sanguíneos y corazón...).
Para muchas personas suprimir el pan de la
alimentación
es una de las mejores maneras de evitar o corregir
el exceso de peso. Pero aunque el pan aporta energía,
su consumo no es causa directa del aumento de peso,
siempre y cuando se respete la cantidad recomendada
para cada caso. En realidad lo que aumenta las
calorías de un trozo de pan es lo que normalmente
lo acompaña: mermeladas, mantequilla, embutidos,
salsas, etc. A igualdad de contenido calórico,
el pan provoca un menor acumulo de grasa en el
cuerpo que otros alimentos ricos en grasas. Es
decir, 100 gramos de pan aportan unas 250 calorías,
pero engordan menos que 35 gramos de mantequilla
o margarina o un bollo, que también proporcionan
unas 250 calorías, debido a que la grasa
de los alimentos se acumula más fácil
en nuestro cuerpo que los hidratos de carbono complejos,
abundantes en el pan y el resto de farináceos.
En resumen: consumiendo la misma cantidad de grasas
o hidratos de carbono, engordan más las
primeras.
El componente más abundante del pan es el
almidón, un hidrato de carbono complejo
que proporciona al cuerpo la energía que
necesita para poder funcionar y desarrollarse correctamente.
Un aporte adecuado de hidratos de carbono implica
el mantenimiento del peso y la composición
corporal, al impedir que se utilicen las proteínas
y las grasas como fuente de energía.
La grasa, el otro nutriente energético,
está presente en cantidades muy bajas en
el pan (1%), a excepción de ciertas variedades
comerciales de pan de molde y tostado, en las
que el contenido graso oscila entre el 5% y el
15%.
Un bajo consumo de pan puede desequilibrar
de manera importante la dieta, en la
que cerca del
50% del
total de calorías de la alimentación
deben proceder de alimentos ricos en hidratos de
carbono, el 15%-18% de alimentos ricos en proteínas
(carnes, pescado, huevos y lácteos…)
y el 30%-35% restante de alimentos ricos en grasas
(la propia de los alimentos y la que utilizamos
como condimento).
El pan aporta proteínas vegetales procedentes
del grano del cereal. En el pan de trigo abunda
una proteína denominada gluten, que hace
posible que la harina sea panificable. El valor
nutritivo de estas proteínas puede equipararse
a las de la carne, el pescado o el huevo, si consumimos
pan junto con otros alimentos como legumbres o
con alimentos de origen animal como lácteos.
Ejemplo: sopas de pan con leche, bocadillo de
pan con queso, garbanzos salteados con pan rallado,
etc.
Es
una buena fuente de vitaminas del grupo
B (tiamina o B1, riboflavina
o B2, piridoxina
o
B6 y niacina,
necesarias para el aprovechamiento
de los hidratos de carbono, proteínas
y grasas, entre otras funciones) y de
elementos minerales como fósforo,
magnesio y potasio.
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